lunes, 27 de septiembre de 2010

La Transmutación - Artemis


Diana, Artemisa, Artemis, La Diosa Blanca, La Diosa Virgen, La Dama Blanca


Hoy vi la Bella y La Bestia. ¿Quién es la Bestia? y ¿Quién es la Bella?  Es solo la Fealdad externa la que los hace Bestia.

Peter Paul Rubens - Diana e Endimione sorpresi (El Prado)

Rememoré a la Diosa Artemis y sus FLECHAS. Y de como a veces sus saetas (flechas) disparadas contra alguién provoca la transmutación en el otro. Así pienso yo que es el dardo de Diana, Artemis, es la Flecha que produce el intercambio.



Recuerdo y dicha película me la hizo recordar, que cierta vez, la Divina Diana, La Artemisa, esa Bendita Diosa Madre la  Virgen, la Casta, la que Quizo ser Virgen desde sus primeros años (lo pidió al cumplir tres años), cuando su Padre Zeus, le preguntó ¿Qué Cualidades deseas Tú  Bendita Mia? A todas Tus Hermanas y Hermanos y Familiares Divinos ya les he ido dando lo que Ellos deseaban. Pero y ¿Tú? ¿ Qué Deseas para Tí?

Padre Mío, Deseo la Castidad Eterna. Sea Así, según Tus Deseos.

En Denia, Ciudad de Diana, Artemisa, Artemis, Denia o Diana, es un nombre Romano de la diosa griega Artemisa o Artemis. La ciudad de la Diosa Blanca, como decía  Robert Graves.

¿Qué sabemos de esta Diosa?, lo que dicen las Mitologías.

Pero yo experimenté, su flechazo.

Me envió a una mensajera, una flecha arrojada desde arriba, - UNA MUJER -. La Mujer en ciertas facetas es como una flecha  que derriba y abate al hombre.

Pero cuando esa flecha es lanzada por Artemis, Diana, es no una muerte propiamente dicha, sino una transfiguración, o una  transmutación.

La mensajera, tenía guardado con gran respeto. Y me lo mostró. Era un papel roto, un trozo de una hoja. Esa era su biblia.  No sabía nada de la vida religiosa, ni de sus sacralidad. Para ella la Vida Religiosa era ese papel. Yo tonto de mi me reí.  Tenía en mi cuarto a Todos los Clasicos Griegos, Romanos, Hindués. No sabía si darle algo a ese flecha viva. A esa llama  Viva.

A veces el mensaje, es como una sonrisa de la Diosa. Nosotros los hombres leidos, creemos que todo se basa en nuestra  percepción. Un simple papel, que según pude yo leer, no decía nada de religión, ni del mundo sagrado.

Ahora 20 años después de aquella experiencia, ese papel era quizás yo en aquellos años de mi vida. Que me creia tan  religioso, tan fatuo, tan creido de mi mismo, y la flecha viviente (flecha plateada, la mujer es una flecha plateada), la flecha de Diana los rayos de la  Luna también son sus flechas, la Luna es Mujer, en el Clasicismo Occidental y Hombre en el Clasicismo Oriental.

Pues a veces un hombre es una oración, un poema, un arbol, una flor, una sintonía, una imagen, una estrofa de una canción,  un olor, o aroma, una comida, etc., etc., etc.

Si esto es así, si reducimos a las personas a su esencia, eso es lo que queda. A veces cuando alguien viene o va a  comunicarse con nosotros escuchamos una melodía. Los compositores, cogen la música del amanecer no solo de los seres humanos sino de la propia naturaleza, de las estaciones, de los paisajes, del despertar, que es una GRAN MELODIA, una GRAN COMPOSICIÓN MUSICAL, y siempre variada, así como las PUESTAS del SOL son diferentes y el Paisaje del Cielo es diferente diariamente, así las COMPOSICIONES DEL GRAN COMPOSITOR UNIVERSAL DIARIAMENTE ES DIFERENTE.


El cochecito, lerén

El cochecito, lerén,
me dijo anoche, lerén,
que si quería, lerén,
montar en coche, lerén,
y yo le dije, lerén,
que no quería, lerén,
montar en coche, lerén,
que me mareo, lerén.

Vanesa Pineda Cabrera

El cochecito, lerén,
me dijo anoche, lerén,
que si quería, lerén,
montar en coche, lerén,
y yo le dije, lerén:
- No quiero coche, lerén,
que me mareo, lerén,
montar en coche, lerén.

Zuleima González Ruiz

Al pasar la barca


Al pasar la barca,
me dijo el barquero:
- Las niñas bonitas
no pagan dinero.
- Yo no soy bonita,
ni lo quiero ser.
Yo pago dinero
como una/otra mujer.

Vanesa Pineda Cabrera
Zuleima González Ruiz
Nazaret Ruiz
Miriam Ramírez Valiente

Debajo (de) un botón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
había un ratón, ton, ton,
¡ay qué chiquitín!, tin, tin.
¡Ay qué chiquitín, tin, tin,
era aquel ratón, ton, ton,
que encontró Martín, tin, tin,
debajo (de) un botón, ton, ton.

Nazaret Ruiz

El patio de mi casa



El patio de mi casa
es particular,
cuando llueve se moja
como los demás.
Agáchate
y vuélvete a agachar,
que las agachaditas
no pueden saltar.
Ache, i, jota, ca,
Ele, eme, ene, a,
que si tú no me quieres
otro chico me querrá.
Chocolate, molinillo,
corre, corre, que te pillo.
A estirar, a estirar,
que el demonio va a pasar.

Vanesa Pineda Cabrera

Las mañanitas del rey David 



Estas son las mañanitas que cantaba el rey David
a las muchachas bonitas se las cantamos así,

despierta mi bien despierta mira que ya amaneció,
ya los pajarillos cantan la Luna ya se metió,

qué linda está la mañana en que vengo a saludarte,
venimos todos con gusto y placer a felicitarte,
el día en que tú naciste nacieron todas las flores
y en la pila del bautismo cantaron los ruiseñores,
ya viene amaneciendo ya la luz del día nos dio,
levántate de mañana mira que ya amaneció,

(más..)








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Cada persona amada es una canción, y dias antes de verlas fisicamente escuchamos su sintonia.

Su Mejor Canción. Ese es el canto de su creación, de su Amor por la Vida, por la Bendita Creación.

Clin Clin Amores Clin,
Siempre Tú estás tan lejos de Mí

Clin Clin Amores Clin
Siempre Tú estás tan lejos de Mí

Son canciones que sentimos de las personas que conviven con nosotros y se levantan al amanecer con dicha canción resonando en sus oídos. Nos la transmiten, desde sus almas inmaculadas, nos las hacen oir por el oido interno, y la oimos viniendo de ellas, - esta es mi canción de nuestra unión-.

Mi Amor, grabala en tu corazón. Y piensa en Mí.

Los Elfos nos la recuerdan desde de sus Mundos Inmaculados de la Naturaleza.

A veces es una voz de opera, de música clásica, de coros celestiales, de coros humanos, pero al fin de cuenta es una canción.

En ciertas tribus africanas, se enseña que uno no se despierte hasta que en el sueño no se le enseñe una canción, al durmiente.

Normalmente van a la cama, pero buscan a sus maestros o mensajeros, y les piden en el mundo de los sueños que les cante y enseñe una canción para que las pueda transmitir a los diferentes individuos de la tribu.

A veces no solo es una canción sino una historia o una oración, algo nuevo, que venga bien y que puede ser motora de curación o psicotropica para la curación de alguna enfermedad o tener algún progreso humano importante.

El durmiente trata de continuar en el sueño y busca aprenderla y si tiene exito la trae a los seres humanos para compartirlas con ellos.

Es igual que los cantantes que sueñan su canción y su tono, y sus melodías y luego la tratan de poner en práctica y hasta que no sale como las escuchó en sus sueños no paran.

Ese es el canto de su creación, de su Amor por la Vida, por la Bendita Creación.

.....Sigo diciendo que aquella flecha viviente, dirigida hacia la persona a la cual iba a provocar dicha transmutación, Diana  queria que el Poeta, despertara.
Michel-Francois Dandre-Bardon - Diana y Endimion

Que su vida fuera una Oración,
Un Suspiro.

Muerte y Reencarnación.

Transmutación, muerte, nuevo nacimiento, reencuentro con lo sagrado, niñez, nuevos alumnos, nuevos hogares, nuevos estudios,  nuevas religiones, nuevas experiencias.

El papel era un mensaje, no desisfrable en aquellos momentos de la vida de Juan, era un simple papel, con algunas letras  mecanografiadas y que sus lineas además estaban rotas.

¿Que nos quizo decir, la Diosa? A través de la mensajera.

Diana es una diosa cazadora, en la Mitología Griega, pero en la Egipcia puede ser Bastet (la gata) en su aspecto mas  benevolo y en su aspecto sanginario, Sejmet (la diosa leona). Recordar que ambas diosas son diosas de la Justicia. Aunque en verdad todas las Diosas son Diosas de la Justicia, pues no pueden soportar el mal en ninguna de sus manifestaciones.

Tiene además la cualidad de la Castidad, es llamada la Diosa Virgen, la Diosa Blanca, la Dama Blanca, la que ningún hombre  puede ver desnuda so pena de ser castigado, no tuvo concurso con varon alguno. Es la Hermana de Apolo Dios del Sol, de las  Artes y de la Música y de la Medicina Sagrada.

Pero deseo indagar algo más a todas las personas que Diana atrapa le da la locura sagrada. En una palabra, lo vuelve casto  casi totalmente y de por vida. En realidad sus ciclo es de 20 años o 25 por ser una diosa importante. Quizas de más años 40 o 50 años. Si una persona es cogida por Diana lo conduce hacia el sacerdocio, o hacia la pureza total. Lo petrifica. Pero ¿que es la petrificación?, bien entendida es convertirnos en estatuas, inmóviles. ¿Por qué? y ¿Para qué? Convertirnos en estatuas inmóviles. Para que no vayamos detras de nuestros deseos, de paralizarnos de todo movimiento hacia lo mundano, hacia lo perverso, hacia lo impuro. No ir a casa de nadie, no ir a la calle de nadie, no ir al paisaje de nadie, no ver los diferentes simulacros humanos, no atender las necesidades de nadie, no ir a buscar ni a socorrer a nadie, no ver las imagenes de nadie, no mover ni siquiera un organo corporal. Esa es la petrificación de la que hablo.


Eso nos hace temer. El temor a todo y a TODOS, a todo lo bueno y lo malo. Al cambio, a la movilidad, somos como PIEDRAS, quietas y en el CENTRO. En el centro de algo, señalado por la Diosa. Ese algo, no sabemos que es la DIANA el punto central de algo. Todos nos gusta dar en la Diana, del juego de flechas o dardos. Algunos lo consiguen otros no. Pero es cierto que depende de la Propia DIANA. No de nuestras manos.


Annibale Carracci - Hommage to Diana (1597-1602) (Palazzo Farnese de Roma)

Diana, la Diosa Virgen, entregate..., entregate..., no te resista..., no te resista, ...

Se como una piedra en el mundo, cuando sopla el viento, la piedra es acariciada por el, cuando llueve, la lluvia la lava, cuando sale el sol, el sol la ilumina y la calienta, sin ropajes, sin disfraz, se como la piedra.

Asi convertidos en piedras, y con su inmovilidad, miramos el mundo, ven, ven, no, no, la piedra no tiene pie, para ir, está inmovil, quieta y callada. Solo se escucha su latido interno, la vibración molecular.

autor anonimo - cabeza de Diana (s xviii) (Museu de Arte da Bahia de El Salvador)

Petrificados con la flecha de Diana, Artemis o Artemisa, nuestros deseos no pueden ser cumplidos, pues lo vamos reduciendo, ya que no podemos ir a ninguna parte, por el temor a lo desconocido y a perder nuestra propia identidad. Ya que la flecha de Diana nos hace metamorfosearnos en el otro, como un camaleón (que adquiere el color de lo que le rodea), el Petrificado, adquiere las cualidades del otro como si suyas fueran. Y como se trata de que la petrificación no permite el cambio sentimos terror reverente, hacia ese manifestación de otros moldes diferentes al nuestro. Los otros son visto por el petrificado como algo de lo que guardarse.

Raimundo de Madrazo - Marquise d'Hervey Saint-Denys

La petrificación de Diana así como la petrificación de la Gorgona es quizás diferente, pues las Diosas también lo son. Diana está unida a los Bosques y la Gorgona Medusa está unida al Mar.

En la antiguedad se sabía que el Bosque era un mar terrenal. Por eso Neptuno era el dios del mar y de los bosques. Luego eso nos lleva a ver alguna similitud en ambas petrificaciones.

El rayo verdoso que lanza los ojos de Medusa la Gorgona, es una petrificación no ya de la Medusa sino de la Divina Madre, la que busca salvaguardar al Devoto de los cambios del océano mundano, de sus olas y peligros. Mirad como las rocas se mantienen firmes antes todos los embates de las olas del océano mundano. Rigidas, firmes, sin vacilación enfrentadas a cada ola, a cada embate a cada prueba, a cada lucha cíclica. Así son las olas, mas altas menos altas, todas buscan derrotar a la piedra al petrificado.

Al quedar petrificado en cuanto a lo maligno se refiere, es para que la maldad la podemos combatirla, para que no crezca mas, para que podamos medirla, pesarla, triturarla, cribarla, ceñirla en el cedazo, convertirla en minúsculo polvo acequible, pues la piedra no se puede devorar, pero si el polvo minusculo en el que lo podemos convertir.

Así la petrificación es para obstaculizar el crecimiiento de la cizaña y que no crezca mas. Pararla al instante, y luego matarla, destruirla, poco a poco. Al paso de los dias humanos, con arreglo a la clemencia Divina.

Tiziano - The Death of Actaeon (1562) (National Gallery de Londres)

Y así el petrificado puede vivir su vida de pureza, mientras que con el paso de tiempo, sus faltas quedan reducidas a polvo, o arrastrada por el temporal, y asimiladas al agua del mar mundano. Y en nosotros queda solo la pureza, la devoción, la armonía, el silencio, la paz.

Lagrenee - Diana y Endimion

Así es la flecha de Diana, Artemis, nos produce la locura, y todos huyen, de los sagrado, pues a todos asusta, lo tragico, lo deforme, lo indescifrable, lo misterioso, hermetico.

El petrificado en su locura sagrada es repudiado, es rechazado, es dejado al margen, es marginado, es como un leproso, al que hay que dejar, huir, ocultarse, es la unica manera de no ser quemado por el fuego sagrado que lo devora por dentro.

Todos buscamos la satisfación de nuestros deseos, saciar nuestros apetitos. A nadie le gusta la tribulación, las pruebas, la soledad.

Diana nos conduce hacia nosotros mismos, hacia el Edén Primordial, hacia nuestra Alma purisima. Como recién creados, recién nacidos.

Asi también es la Iluminación, ese chorro de Luz incesante, que como una catarata de luz nos ducha todo el cuerpo y todo lo que tengamos puesto en ese instante. Así es la petrificación. Inmovilidad y dureza contra todo lo exterior. La piedra es inmovil y dura, además que posee siempre un color, también tiene un tacto, una rugosidad.

A la Bendita Diana lo que le interesa es rescatar al Durmiente de su Sueño y meterlo en otro Sueño, un Sueño Sagrado, con todo lo Verde que pueda ser ese Sueño, montañoso y verde así son los sueños de Diana.

La Divina Madre, en la Forma de la Diosa Diana, nos vuelve casto, huimos de lo erótico, de los apetitos, de los contactos fisicos, no buscamos la mezcla, nos quedamos como somos, y así somos completados.

El petrificado llora, grita, se retuerce, habla, ... al principio..., luego incluso sus palabras, gritos, y retorceduras, se van aquietando, se van petrificando...

Es la ayuda de la Divina Madre. El petrificado es una estatua, una señal, un ejemplo, un talismán, una imagen inmóvil. Con su gesto determinado y fijo.

Así son casi todos los que fueron llamados a la religión, a la fe, a la devoción. Su vida es sencilla, y pura, sin tantos altibajos.

No van a donde pueden molestar a sus prójimos. De ahí su inmovilidad. No es que sea inmóviles, sino que les produce miedo dañar al projimo, y como toda manifestación humana puede producir daño, ellos se ocultan a la mirada, aunque sean buscados.

Recuerdo, una lección de un maestro espiritual, que me dijo cierta vez: la Divinidad nos pone a todos juntos como a las piedras de la orillas del mar, que con su eternos vaivenes nos enfrentan unos contra otros y así con el transcurso del tiempo nos quita nuestras asperezas, nuestras rugosidades y nos vuelve pelonas, así esas piedras que los de aquí las llaman piedras pelonas, es porque no tienen aristas, ni rigurosidades, y no dañan al prójimo, ni al que las coge con las manos son oblongas, todas ellas redondeadas, y al contacto en las manos les produce placer, por no tener pinchos, ni aristas. Son suaves al tacto. Asi los seres humanos, unos bondadosos (piedras sin aristas) y otros malvados (piedras con muchas aristas y dañinos), nos enfrentan diariamente y a cada vaiven de los acontencimientos humanos, hasta pulirnos y quedarnos con el paso del tiempo sin maldad (sin rugosidad, sin aristas).

Lei una historia sobre la banana y la piedra, es un cuento que nos hace comprender la banalidad de la vida humana y la eternidad de la piedra. La banana es transitoria (su vida es cortísima, una semana, un mes) mientras que comparada con la banana la vida de la piedra es de mil, dos mil, o millones de años. Es ahi por lo que se la equipara con la eternidad, la vida de la piedra.

La piedra, en cuanto a su duración. Es eterna. Petrificado el devoto no se mueve hacia la dirección de los impuro, de lo mundano, de lo pecaminoso.

Al principio, los primeros años, al ser petrificado, el tormento es muy, muy, muy grande. Es el Karman acumulado, es la vida inconsciente que tuvimos que vivir, sin saber, nada del pecado, ni nada de nada, pero eso no importa, el sufrimiento es terrible.

Las heridas, las costuras, de nuestra alma, es dolorosa. Pero los petrificados comienzan a saber el porqué, tanto dolor, tanto daño, tantas lágrimas, tanto desamor, tanta indiferencia.

TODO ACONTECE POR SU SANTA Y SAGRADA VOLUNTAD....

Por eso ELLA, la DIOSA, nos pide:

HAZ siempre MI SANTA VOLUNTAD....


Así la Diosa Virgen, nos educa, nos enseña, nos envía mensajeros y mensajes. Las Devotas con sus Miradas nos muestran el camino. Nos sonrien, como considerandonos similares, en realidad llevamos el mismo camino aunque estemos rezagados, estemos alejados de su pureza, pero ya hemos emprendido el camino, sus risas, son como una canción y una lección. Nos conducen hacia la MADRE, y hacia el PADRE, hacia la pureza primordial. Antes que no teniamos control sobre nuestras piernas y pies y estos iban aquí y allá, ahora todos son ordenes internas, ¡nada!,  ¡no!, ¡no!, ¡NO!.

No te mezcles, ni con los que se creen buenos ni con los que puedan ser malos. Pues eso no lo sabemos nadie. Lo que si podemos saber que el camino hay que recorrerlos solo, esa es la verdad. Nacemos solo, y morimos solo, estamos unidos aquí en el vaiven de los acontecimientos diarios, pero en esencia también las pruebas las pasamos solo, pues las pruebas nos vienen del mundo interior.

Así es la flecha de Artemis, nos cambia por otro. A mi me cambió por la del papel roto, la que tenía ese trozo de papel, como si de una bíblia se tratara. Yo traté de leerlo, pero decia cosas sin sentido, y sobre todo no hablaba nada de lo que se pueda decir sagrado.

Recuerdo en mi juventud, que leí un tebeo, se trataba de un joven bellísimo, que se enseñoreaba de su poderosa belleza. Y trataba mal a todos, y era muy soberbio por dicha cualidad.

Cierta vez se encontró a un ser con poderes y lo hizo mirarse en un espejo, que tenía la cualidad de cambiar el rostro de quien se mirara en el por el que estaba a su lado. Al final el bello se convirtió en un ser terrible de aspecto y el de aspecto terrible adquirió la belleza del apuesto joven.

Esa es la transformación y el poder de la flecha de la Diosa Diana. Que nos hace transformarnos en la flecha viviente que nos viene a buscar. Al final yo tengo ese trozo de papel, en mil o dos mil libros, e inclusos en todo Internet, que es para la Deidad Internet, sino un minúsculo trozo de papel.

Estudiando la piedra me viene a la memoria, que solo un ser de la Mitología Clásica la come como si de su hijo Zeus se tratara. Ese ser es Saturno, el Tiempo, la Necesidad, es el unico capaz de devorar la piedra. Quizás la asimila dentro de Sí. Pues comer es asimilar las propiedades del comido. De sus cualidades y de sus poderes.

Al recordar dicha historia mitológica, y estudiando al dios Saturno que es el dios de la Edad de Oro, guardian de la paz y del paraiso, el dios que nos da el esqueleto o la estructura o fundamento de todo cuanto tiene un comienzo. Si un hombre se empeña en conseguir realizar un sueño este dios es el que le pone el esqueleto del sueño, la base como podríamos decir, también le obliga a hacer sacrificio, ser austero, medir lo inmedible, pues el dios que midió todas las cosas.

Hablo de él porque es el que se comió la piedra en pañales que le dio su esposa para que no acabara con sus hijos los Dioses, y Zeus se salvó.

Es el dios del Karma, de la Justicia, del Destino, del Tiempo, de los Comienzos, del Paraiso, del Edén, del Sacrificio, del Sacerdocio, de la Religión, de los Votos, etc.

Su frase normalmente, suele ser: "Tu eres un hueso duro de roer, pero yo tengo tiempo."

Esta es la frase que les dice a los hombres que caminan en el sendero del mal.


Es el dios Saturno que nos roerá, tarde o temprano, y nos molerá con sus dientes, como algunos seres roer el hueso, así el dios del Karma roer a los seres castigado. Pues es el Tiempo quien va poco a poco rompiendo las piedras con sus dientes, las horas, los días, los meses y los años...

Así se cumple que no hay nada en la vida que escape a su Justicia.

A veces cuando nosotros nos comemos las piedras en sueños significan que estamos pagando nuestras faltas y son duras de roer. El Karma acumulado lo vemos a veces como grandes moles de piedras, y son dificil de llevar, así son los pecados de los seres humanos, dificil de soportar. Pesan mucho, en nuestra conciencia, una y otra vez se repiten, con las ondas de una lago, una tras otras.

Cuando dichas piedras son tamizadas poco a poco, golpeadas por el TIEMPO, y convertidas en pequeños guijarros, que por fin pasan por el tamiz, entonces nos vemos libre de ese sobrepeso, de esas manchas, de esas grandes piedra o grandes rocas.

Al pasar por el tamiz es que ya no son piedras sino arena, polvo, granulos pequeños sin peso. Y nuestra vida se vuelve ligera, nuestro pecado a prescrito, nuestra falta ha sido corregida.

Otro ser de la Mitología que transporta PIEDRA es uno que sube una gran cuesta transportando una gruesa piedra, y casi cuando llega a la cumbre dicha piedra se desprende de él, y comienza a rodar cuesta abajo hasta que al final se para abajo y el condenado tiene que volverla a subir, y así eternamente es su castigo o misión.


Ese condenado es Sísifo: Sísifo lo tienen los ciéntificos como un ser ejemplar, que lo único que trata de hacer es llevar su obra a las Alturas, al Ser Sagrado, pero como es una obra mundana, no tiene éxito, pues al Señor solo le interesa la devoción y el amor del devoto hacia Dios. Sísifo es un mito que nos habla de la civilización moderna o quizás es una alegoría intemporal y vale para cualquier época, por ser mito es el mito de todo hombre civilizado que trata de llevar su invento, su conocimiento mundano hacia arriba, hacia el éxito, y ofrecerselo al Altísimo. Pero su tarea es inútil, pues es un presente material, no espiritual. Pero es eterno, como su pretensión, y la duración de la vida de la roca.

La roca éste presente cae, porque no puede vivir en la altura, no es espiritual y no es tenue, la roca es pesada en este caso del mito, y la obra de Sísifo es una obra mundana, y no le es posible subirla a lo sagrado, la historia es sagrada, porque es una enseñanza sagrada, pues todo mito, tiene o encierra en sí una enseñanza sagrada para los hombres entendido.

Pero lo bueno que tiene esta moraleja o este mito, es que el hombre se esfuerza una y otra vez por realizar lo irrealizable, de hacer lo imposible por demostrar el amor de su obra y la dirige hacia la altura, hacia lo elevado, aunque todo es inutil.

El Señor suele decirles a los Devotos, Pon de tu parte que Yo PONDRÉ de la MÍA.

Nosotros ponemos un gramo y Él pone un Kilo. O mil veces más. O logra que todo se cumpla. Según el esfuerzo del Devoto o del hombre normal, por cumplir uno y el otro sus respectivos sueños.


Pero cuando AMAMOS a DIOS de verdad, y comenzamos a seguir SUS MANDATOS INTERNOS, entonces ya comienza el verdadero AMOR MUTUO, y ÉL nos pide:

LLEVAME DONDE TU VAYAS, NUNCA ME ABANDONES.

De ahí viene el AMOR de ÉL hacia nosotros y vayamos creciendo dentro de dicho AMOR.

Sísifo

"Los dioses habían condenado a Sísifo a empujar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.

...

Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.

Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia.

¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? "

El mito de Sisifo. Albert Camus 


http://larocadesisifo.blogspot.com/



Y encima petrificado. Las personas comprendieron mal a la pobre Medusa. Medusa era una sacerdotisa de la Diosa Atenea, y Neptuno la Amó en su Templo. Y Atenea la castigó (si esto es un castigo), en convertirse en su ser con melenas serpentinas y una mirada petrificante. La Cabeza de Medusa la lleva y la porta Atenea, para petrificar a los Monstruos Intelectuales, que hay que petrificar para evitar que los sabios se vuelvan locos. Y así el erudito puede ser erudito, y su locura puesta a buen recaudo, pues al estar petrificados sus monstruos mentales, no lo dañan.

Recordar que la Mente es como el Mar. Es una similitud necesaria. También lo es Internet, que es como la Mente y como el Mar, de ahí viene navegar por internet.

Ahora esa transmutación se ha ido desvaneciendo, el tiempo y las lluvias la han lavado, y poco a poco he vuelto a ser como fuí pero algo mejor, mucho mejor. Pero antes de acabar la historia, siempre viene otra flecha viviente. Para que la vida pueda ser posible y la historia pueda continuar aunque con otros parámetros.

A cada grado, hay un estrato, una plataforma, una calidad en nuestra pureza. Y también un grado más severo de penitencia. Así es como se avanza. Poco a poco. La devoción, lo sagrado nos lo pide, si queremos continuar, tenemos que exponernos a la ley, a la justicia, a lo puro.

A esta castidad podemos decir que en el mundo interno es como una castración y petrificación. Castración para quitarnos lo  grosero y lo mundano.

La Castración que da la Diosa Diana es la Castración de Atis el Devoto de la Diosa Cibeles. De como los devotos son castos  porque ya no usan su pene fisico, sino que su semen es elevado a lo espiritual.

De ahí la pureza del devoto de la Diosa. El tormento de su viaje, su travesía por la vida es una penitencia. Su castración  es su salvación. Pues la castración hace que no se una con lo mundano, ni con los seres mundanos ni incluso con los llamados puros, es como un metal puro, que no se combina con nadie y así no se mezcla con nadie.  Siempre en soledad. No se contamina con el mundo, no se casa con nadie, debido a esa pureza que le impide la comunicación  con el otro.

La Castración es en el plano interno que reflejado en el mundo fisico es pureza y celibato.

Las Flechas de la Diosa Diana son las que producen la Locura Sagrada.

De como Artemis fue espiada bañándose con Acteón. Y su terrible castigo.

Las cualidades de Artemis:

Su padre Zeus la sentó en sus rodillas y le dijo cuales eran sus deseos, la pequeña Artemis, le dijo que quería ser siempre virgen, tener arco y flechas como su hermano, Apolo, tener muchos nombres, disponer de una escolta de sesenta Oceánides, y como servidoras veinte Ninfas de Amnisos, para que cuidaran de sus sandalias y de los perros. Vivir siempre en las montañas y los bosques, cazar animales salvajes. Llevar una túnica rallada hasta las rodillas y peplo.

Artemis da la locura y petrifica para llevar a la persona hacia la sacralidad de la vida, de ser un ser mundano lo transmuta en un ser sagrado o lo sacraliza.

Le da el miedo hacia lo mundano, y lo aisla.

Es bueno tener a manos siempre a un buen Mitólogo de nuestro tiempo para que nos ayude, bien a Hesíodo, Roberto Calasso, Robert Graves, etc.

NACIMIENTO DE ARTEMIS



En las rodillas de Zeus estaba la niña Artemis. Veía sus deseos ante sí, y los enumeró todos al padre: ser siempre virgen; tener muchos nombres, para desafiar al hermano; poseer un arco y flechas; llevar una antorcha y un peplo rayado hasta la rodilla, para cazar los animales salvajes; disponer de una escolta de sesenta Oceánides; y, como servidoras, veinte Ninfas de Amniso para que se ocupen de las sandalias y de los perros; gozar de todas las montañas; de las ciudades podía prescindir. Mientras hablaba, intentaba asir, inútilmente, la barba del padre. Zeus rió y asintió. Se lo daría todo. Artemis le dejó, sabía adónde ir: primero a las boscosas montañas de Creta, después al Océano. Y allí seleccionó sesenta Ninfas. Todas ellas tenían nueve años.

La virginidad perenne, que la pequeña Artemis pide como primer don al padre Zeus, es la señal invencible de la distancia. La cópula, mixis, es “mezcla” con el mundo. Virgen es la señal aislada y soberana. Su correlato, cuando lo divino intenta tocar el mundo, es el estupro. (págs. 54, Las Bodas de Cadmo y Harmonía, Calasso).

Pedro Pablo Rubens - La Caza de Diana

ARTEMIS Y LA LOCURA (EL SIMULACRO DE ARTEMIS TÁURIDA).



Oculto en un cañaveral, no lejos del Eurota, yació durante años el simulacro de madera de la Artemis Táurida. Orestes la había robado del santuario. Viajó largo tiempo estrechándola entre las manos, durante todo ese período sintió que la locura planeaba sobre su cabeza. Después, cierto día, pensó que intentaría vivir a solas, y ocultó la estatua en aquel lugar salvaje. Dos jóvenes espartanos de sangre real, Astrabaco y Alopeco, la descubrieron por casualidad, removiendo las cañas. Erguida, rodeada de juntos, la estatua les contemplaba. Entonces los dos espartanos enloquecieron, porque no sabían lo que veían. Ahí está el poder del simulacro, que sólo cura a quien lo conoce. Para los demás, es una enfermedad.

Alrededor de la pequeña y ligera estatua de Artemis, los espartanos construyeron un templo. Lo dedicaron a Artemis Ortia y Ligodesma, erguida y atada por juncos. Muchos le ofrecían máscaras, en general horripilantes, seres de la noche y del subsuelo. Como un tiempo antes en Táuride, cuando Ifigenia la cuidaba y lavaba, la estatua esperaba que sangre joven se derramara para ella. Pero hasta los espartanos, a veces, podían mitigar una costumbre. Decidieron no matar más muchachos, sino fustigarlos hasta hacerlos sangrar delante de la diosa. Se vio entonces a los altivos espartanos, los que utilizaban para hacer incursiones por los campos para matar ilotas, por juego, por burla, aceptar que otro muchacho levantara muchas veces sobre ellos la fusta. Algunos de los fustigadores eran más tímidos, sobre todo cuando los fustigados eran muy bellos o pertenecían a las familias más ilustres. Esto disgustó al simulacro. La sacerdotisa la sostenía junto a los muchachos fustigados. Pero, si los latigazos se volvían titubeantes, el simulacro comenzaba a pesar más y más, como un meteorito que quisiera hundirse en el suelo, y decía: “Me hundís, me hundís.” (págs. 234, Las Bodas de Cadmo y Harmonía, Calasso).


HIPÓLITO Y ARTEMIS



Dioniso reapareció en la tierra, después de salir del Hades, llevando de la mano a su madre Sémele, allí donde después se alzó la ciudad de Trecén. Pasaron años. Cerca del lugar donde Dioniso y Sémele habían salido se hallaba un estadio. Todos los días se entrenaba en él el príncipe Hipólito. Era un órfico, se abstenía de la carne de los animales, se abstenía de las mujeres. De los amores sólo sabía lo que veía en los espectáculos y en las estatuas. Hijo de una amazona, no aspiraba a sobresalir en la ciudad. Profesaba incredulidad acerca de la “dulzura del poder”. Su culto eran los libros, y el humo embriagador de las “palabras solemnes”. Se entrenaba, se transformaba, y esto era todo para él. Los malévolos decían que “se honraba a sí mismo.” Y en cambio, encerrada en la integridad, su “alma virginal” adoraba a un único ser, externo e íntimo: la virgen cazadora, Artemis. Cazaba para ella en la selva, le servía como un esclavo, protegía sus simulacros.

Hipólito suponía que estaba solo mientras se entrenaba en el estadio, desnudo, al alba. Su cuerpo era reluciente, intocable. Pero dos ojos de mujer le seguían en todo momento. Apostada en su observatorio encima del estadio, en el templo de Afrodita Catascopia, de la Afrodita que “espía desde arriba,” la madrastra Fedra conocía cualquier contracción de los músculos de Hipólito. Le miraba y se moría de deseo, tan solitaria como solitario estaba Hipólito. En sus manos sudorosas estrujaba tiernas hojas de mirto. Después, cuando el deseo se hacía intolerable, se quitaba una aguja del tocado, y, mientras los ojos asediaban cualquier gesto de Hipólito, con la punta de la aguja perforaba las hojas de mirto. Mýrton, además de “baya de mirto”, significa “clítoris.”

Aunque aislado del mundo, Hipólito no era refractario a los hechizos del mundo. El día de su muerte llegó cuando sus caballos poseídos por el terror, escaparon ante el tremendo toro de Posidón, que había surgido de las aguas del Sarónico. Hipólito intentó inútilmente controlarlos y cayó al suelo, atrapado en las riendas. Mientras los caballos arrastraban su cuerpo sucio de polvo y de sangre sobre unas rocas puntiagudas que lo laceraron, e Hipólito sentía que “un espasmo le ataca el cerebro”, supo también que era la hoja de mirto torturada por el precioso alfiler de la amante que se había limitado a espiar su cuerpo y que se había ahorcado por él: Fedra.

Hipólito exhalaba su perfume de muerte, que en el aire se mezcló con otro perfume, más puro, anuncio de la presencia de Artemis. Agonizó con ella, pero al final la diosa quiso abandonarle, aunque se llamara Hipólito “el mortal más querido”, porque Artemis no puede “manchar sus ojos con los estertores de la muerte.” (págs. 198-199, Las Bodas de Cadmo y Harmonía, Calasso).


ARTEMIS Y AURA: DIONISO Y PALENE



Hay un toma y daca entre los dioses, una rigurosa contabilidad, que se difunde a través de las eras. Artemis fue un útil sicario para Dioniso cuando se trató de matar a Ariadna. Pero un día también Artemis, la virgen orgullosa, necesitó, con estupor, de aquel dios promiscuo e impuro. También ella tuvo que pedir a alguien que matara por su cuenta, y le dejó elegir las armas. Le tocó a Dioniso.

Un mortal se había reído de ella. Aura, una doncella de las montañas, alta, de brazos enjutos, de piernas rápidas como un soplo de viento. Sólo luchaba con jabalíes y leones, desdeñaba como presa los animales más débiles. No desdeñaba menos a Afrodita y sus obras. Apreciaba únicamente la virginidad y la fuerza. Un día caluroso, mientras dormía sobre unas ramas de laurel, Aura fue turbada por un sueño: Eros, como un salvaje torbellino, ofrecía a Afrodita y Adonis una leona, de la que se había apoderado con un cinturón encantado. (¿Quizá el de la propia Afrodita? ¿El adorno erótico se había convertido acaso en un arma para capturar las fieras?) Aura se veía, en el sueño, junto a Afrodita y Adonis, con los brazos apoyados en sus hombros. Era un grupo delicado y floreciente. Eros aparecía con la leona y presentaba a su presa con estas palabras: "Diosa de las guirnaldas, te traigo a Aura, la doncella que sólo ama la virginidad. El cinturón ha doblegado la obtusa voluntad de la leona invencible.” Aura se despertó angustiada. Por primera vez se había visto desdoblada: era la presa, a la vez que la cazadora que contempla la presa. Se enfureció con el laurel, y por tanto con Dafne: ¿por qué una virgen le había enviado ese sueño digno de una prostituta? Después olvidó el sueño.

Otro día caluroso, Aura conducía el carro de Artemis a las cascadas del Sangario, donde la diosa quería bañarse. Junto al carro, las siervas de la diosa se habían quitado la cinta de la frente, alzaban el borde de la túnica, descubrían las rodillas al correr. Eran las vírgenes hiperbóreas. Upis quitó el arco de los hombros de Artemis y Ecaerge el carcaj. Loso le desató las sandalias. Artemis entró en el agua con cautela. Mantenía las piernas juntas y levantaba la túnica apenas el agua la lamia. Aura le dirigió una impía mirada escrutadora. Estudiaba el cuerpo de su dueña. Después nadó a su alrededor, estirándose por completo en el agua. Se paró junto a la diosa, se sacudió unas gotas de los senos, y dijo: “Artemis, ¿por qué tus senos son blandos e hinchados, por qué tus mejillas tienen un rosado esplendor? No eres como Atenea, que tiene el pecho liso como un muchacho. Contempla mi cuerpo, fragante de vigor. Mis senos son redondos como escudos. Mi piel es tensa como una cuerda. Puede que seas más idónea para utilizar, para sufrir las flechas de Eros. Nadie pensaría, al verte, en la inviolable virginidad.” Artemis la escuchó en silencio. “Sus ojos despedían chispas asesinas.” Saltó fuera del agua, se puso la túnica y el cinturón. Desapareció sin decir palabras.

Se dirigió inmediatamente a pedir consejo a Némesis, en las cumbres del Tauro. Como siempre, la encontró sentada ante su rueca. Un grifo estaba encaramado en su trono. Némesis se acordaba de muchos ultrajes a Artemis. Pero siempre por parte de hombres, o en todo caso de una mujer fecunda, como Níobe, entonces una húmeda roca entre aquellas montañas. ¿O se trataba quizá de la vieja comedia matrimonial? ¿Quizá Zeus la seguía acuciando para que se casara? No, dijo Artemis, esta vez era una virgen, la hija de Lelanto. No se atrevía a repetir las calumnias que Aura había aventurado acerca de su cuerpo y sus senos. Némesis dijo que no petrificaría a Aura como a Níobe. Entre otras cosas eran parientas, aquella muchacha pertenecía a la antigua estirpe de los Titanes, como la misma Némesis. Pero le arrebataría la virginidad, quizá un castigo no menos cruel. Esta vez el encargado sería Dioniso. Artemis asintió. Como para anticiparle el sabor de su destino, Némesis se presentó ante Aura con el carro arrastrado por los grifos. Para que la altiva cabeza de Aura se doblegara, le azotó el cuello con su fusta de serpientes. Y el cuerpo de Aura fue invadido por la rueda de la necesidad.

Dioniso ya podía intervenir. En su última aventura había encontrado otra doncella guerrera: Palene. Con ella le había ocurrido algo sin precedentes en sus numerosas historias. Había tenido que disputar una lucha con Palene delante de los espectadores, y sobre todo delante de su incestuoso padre. Palene había aparecido en la explanada cubierta de arena con sus largas trenzas alrededor del cuello y una faja roja alrededor del pecho. Un pedazo de tela blanca apenas le cubría el pubis. Su piel estaba reluciente de aceite. La lucha fue larga. De vez en cuando, Dioniso se descubría estrechando la palma de una mano deliciosamente blanca. Y más que doblegarlo, deseaba tocar aquel cuerpo. Quería retrasar aquella victoria voluptuosa, pero mientras tanto notaba que jadeaba como un mortal cualquiera. Bastó un instante de distracción para que Palene intentara levantar a Dioniso y derribarle. Esto era demasiado. Dioniso se soltó y consiguió levantar a su vez a su adversaria. Pero después acabó por depositarla en el suelo con cierta delicadeza, mientras sus ojos furtivos vagaban por su cuerpo, por su abundante cabellera esparcida en el polvo. Y Palene ya estaba de nuevo de pie. Entonces Dioniso quiso derribarla en serio, con una presa en la nuca, mientras intentaba hacerle doblar una rodilla. Pero calculó mal y perdió el equilibrio. Sintió el polvo en la espalda, mientras Palene cabalgaba sobre su vientre. Un instante después, Palene se soltó y dejó a Dioniso en el suelo. Pero al instante siguiente, Dioniso consiguió derribarla. Estaban empatados y Palene habría querido proseguir. Entonces intervino el padre Sitón, para conceder la victoria a Dioniso. El dios, empapado en sudor, levantó la mirada hasta el rey que se acercaba para premiarle y le atravesó con el tirso. Aquel asesino debía en cualquier caso morir. Y Dioniso ofreció a la hija el tirso goteante de la sangre del padre, como don amoroso. Ahora le aguardaban las nupcias.

En el clamor de la fiesta, Palene lloraba al padre cruel, pero a pesar de todo su padre. Con dulzura, Dioniso le mostraba las cabezas roídas por los vientos de sus anteriores pretendientes, clavadas ante las puertas como primicias de la cosecha. Y, para calmarla, le decía que no podía ser hija de aquel hombre horrendo. Quizá un dios, quizás Hermes, quizá Ares, era su verdadero padre. Mientras pronunciaba estas palabras, Dioniso ya sentía una vaga impaciencia. Palene era ya una amante domada. Pronto se convertiría en una fiel, como tantas otras. Pero sólo una vez había experimentado Dioniso la emoción de encontrarse abrazado en el polvo con una mujer que deseaba, sin ni siquiera conseguir dominarla. Sintió nostalgia de un cuerpo inasible.

Desapareció a solas en las montañas. Seguía pensando en una mujer fuerte y arisca, capaz de gopearle no menos de lo que él fuera capaz de golpearla a ella. Se estaba acercando el momento en que Eros le hiciera delirar por un cuerpo aún más inaprehensible. Dioniso advertía por las veloces ráfagas de viento que en aquellos bosques se ocultaba una mujer todavía más fuerte, más bella y hostil que la luchadora Palene: Aura. Y ya sabía que escaparía de él, que jamás se rendiría. Por una vez, Dioniso caminaba a solas y en silencio, aliviado por la ausencia de las Bacantes. Escondido detrás de un matorral, vislumbró un muslo blanco de Aura que entraba en el oscuro follaje. Alrededor los perros ladraban. Entonces Dioniso se sintió derretir como una mujer. Nunca se había visto tan desarmado. Hablar con aquella doncella le parecía inútil, igual que hablar con una encina. Pero una Amadríada, que habitaba en las raíces de un pino, le dio la respuesta que buscaba: nunca se encontraría con Aura en un lecho. Sólo en el bosque, y si la ataba de pies y manos, conseguiría poseerla. Y que se acordara de no dejarle regalo alguno.

Mientras Dioniso dormía, exhausto, se le apareció Ariadna una vez más. ¿Por qué abandonaba a todas las mujeres, como la había abandonado a ella? ¿Por qué Palene, a la que tanto había deseado mientras rodaban juntos por la arena, se borraba ahora de su mente? En el fondo, Teseo había sido mejor que él. Al final, Ariadna tuvo también un gesto irónico. Le dio un huso para tejer y le rogó que se lo regalara a su próxima víctima. Así un día la gente diría: regaló el hilo a Teseo y el huso a Dioniso.

Seguía haciendo un calor enorme, y Aura buscaba una fuente. Dioniso pensó que de todas sus armas sólo disponía de una: el vino. Cuando Aura acercó los labios a la fuente, se mojó con un líquido desconocido. Nunca había probado algo semejante. Estupefacta y torpe, se tendió a la sombra de un gran árbol y se durmió. Descalzo, silencioso, Dioniso se acercó. Le quitó inmediatamente el carcaj y el arco y los ocultó detrás de una piedra. El temor no le abandonaba. En aquellos días, sus pensamientos volvían siempre a otra cazadora que había conocido, Nicea. Parecía que su cuerpo hubiera saqueado toda la belleza del Olimpo. También ella rechazaba a los hombres, y cuando el pastor Himno se le había aproximado para hablarle de su devota pasión, Nicea había acallado sus palabras hundiéndole una flecha en la garganta. Fue entonces cuando los bosques resonaron con palabras que recordaban una cantinela infantil: “El hermoso pastor ha muerto, la bella doncella lo ha matado.” La cantinela sonaba en la mente de Dioniso mientras sus diestras manos ataban con una cuerda los pies de Aura. Luego le pasó otra cuerda alrededor de las muñecas. Aura seguía durmiendo, en una tibia ebriedad, y Dioniso la poseyó atada. Era un cuerpo abandonado, adormilado sobre la tierra desnuda, pero la propia tierra se balanceaba para celebrar las nupcias y la copa del pino era sacudida por la Amadríada. Mientras Dioniso sentía sobre el cuerpo de Aura un placer inmenso, exaltado por la cobardía, la cazadora se adentraba en un sueño turbio, que continuaba otro sueño. Sus brazos delicadamente apoyados sobre los de Afrodita y de Adonis se habían cerrado ahora en un solo nudo con aquella carne extraña, y las muñecas se le retorcían en un espasmo horroroso de un placer que no pertenecía a ella, sino que pertenecía a ellos, aunque se comunicaba con ella a través de las venas soldadas de las muñecas. Y, mientras tanto, Aura veía su cabeza doblegada como la de la leona capturada. Asentía a su propia ruina. Dioniso se separó de ella. Siempre silencioso, de puntillas, fue a recoger el arco y el carcaj y los depositó junto al cuerpo descubierto de Aura. Le soltó los pies y las muñecas. Regresó al bosque.

Al despertar, Aura vio sus muslos desnudos, el cinturón desceñido sobre sus senos. Pensó que se volvía loca. Bajó al valle gritando. De la misma manera que tiempo atrás había atacado leones y jabalíes, ahora atacaba con sus flechas mayorales y pastores. Su paso quedaba salpicado de manchas de sangre. Asaeteó a los cazadores que encontraba. Llegaba a una viña, mató a los vendimiadores que estaban trabajando, porque sabía que eran devotos de Dioniso, un dios enemigo, aunque Aura creía que jamás lo había visto. Llegó a un templo de Afrodita y flageló la estatua de la diosa. Después la levantó del pedestal y la arrojó a las aguas del Sangario, con la fusta enrollada en torno de las caderas marmóreas. Luego se ocultó de nuevo en su bosque. Pensaba en cuál de los dioses podía haberla estuprado, y los maldecía uno por uno. Arrojaría flechas en sus santuarios. Mataría a los propios dioses. Y antes que a nadie a Afrodita y a Dioniso. En cuanto a Artemis, merecía todo su desprecio: la diosa virgen no había sabido protegerla, de la misma manera que no había sabido responder a sus pocas palabras burlonas, y tan divertidas, sobre sus senos turgentes y pesados. Aura quería abrirse el vientre para extraer de él el semen del desconocido. Se ofreció a una leona, pero la leona no la aceptó como víctima. Habría querido conocer a su esposo para hacerle comer su hijo.

Entonces apareció Artemis, con una risa maliciosa. Se reía de Aura porque caminaba lenta, con paso pesado, como las mujeres embarazadas, ya no con el paso del viento. ¿Y qué sería Aura sin la ligereza? Le preguntó también qué regalos le había dejado Dioniso su esposo. ¿Le había dado tal vez unos sonajeros para que jugaran sus niños? Después desapareció. Aura siguió errante. Pronto sintió los dolores del parto. Fueron larguísimos. Mientras Aura sufría, Artemis apareció una vez más para reírse de ella. Nacieron dos gemelos. Dioniso se sentía orgulloso, pero temía que Aura los matara. Llamó entonces a la cazadora Nicea: también a ella la había engañado con el vino, la había forzado mientras dormía, la había abandonado, también ella había parido una hija: Teleté, la “iniciación”, la “última realización.”

Para un dios, la repetición es señal majestuosa, el sello de la necesidad. Entonces Nicea, aquella doncella resplandeciente que había hecho manar chorros de sangre de la garganta de un buen pastor, sólo porque se había atrevido a dirigirle unas palabras de amor, vivía como una pobre mujer al telar. (¿Tendría que haberle dado a ella el huso de Ariadna?) Pero entonces Nicea podría comprobar que su suerte era compartida por otra. Podría consolarse, dijo Dioniso, porque se daría cuenta de que pertenecía al canon divino. Pero su papel no había terminado: debía llegar a ser cómplice del dios, ayudarle a salvar por lo menos uno de los gemelos que Aura estaba por aniquilar. El mundo, el mundo entero, el mundo alejado de los bosques, el que está hecho de templos, de naves y de mercados, esperaba dos nuevas criaturas: una era la propia hija de Nicea, Teleté; la otra era uno de esos gemelos en manos de Aura, poseída por el dolor.

Aura, mientras tanto, alzó a los recién nacidos al cielo, al viento que le había empujado en su vida, y los dedicó a las brisas. Quería que se rompieran. Ofreció los dos recién nacidos a una leona para que los devorara. Pero en la cueva entró una pantera: lamió con ternura los cuerpos de los dos infantes y los alimentó, mientras dos serpientes protegían la entrada a la cueva. Aura cogió entonces en sus manos a uno de los dos hijos, lo arrojó al aire y, cuando cayó en el polvo, se le echó encima para despedazarlo. Artemis, aterrorizada, intervino: cogió al otro hijo y, llevando por primera vez en su vida un niño en brazos, huyó al bosque.

Aura se encontró de nuevo sola. Bajó a las orillas del Sangario, arrojó arco y carcaj al río, y después se zambulló. Las olas cubrieron su cuerpo. De sus senos manaba agua. El recién nacido superviviente fue entregado por Artemis a Dioniso. El padre recogió a los dos pequeños, nacidos de las dos doncellas estupradas en el sueño, y los llevó a los lugares de los misterios. También Artemis estrechó al niño en su pecho de virgen. Después lo entregó a las Bacantes de Eleusis. En el Ática, encendían antorchas en su honor. Era Yaco, el nuevo ser que aparecía en Eleusis. Para quien tenía la suerte de verle, la vida se volvía feliz. Los demás no sabían qué era la felicidad.

Para Dioniso se había acabado el tiempo de los vagabundeos y de las conquistas. Quedaba la subida al Olimpo. Ariadna regresaba todavía, a veces, a sus pensamientos. Llevó a la montaña una guirnalda en su memoria. Luego se sentó en la mesa de los Doce. Su asiento estaba al lado de Apolo. (págs. 33-39, Las Bodas de Cadmo y Harmonía, Calasso).








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